Frío

Estar con él era estar congelado.

Nunca me dejó entrar a su casa, decía que no le gustaba tener que ordenar. Le dije muchas veces que a mí me daba lo mismo mientras pudiese pasar, que lo único que quería yo era hablar con él sin sentir que los dedos se me iban a caer. Y él me decía que me comprase guantes, a pesar de que le había dicho cómo odiaba usarlos. Pero yo tenía claro que eso no le importaba.

Así que nos juntábamos en el parque, él a fumar y yo a hacer como que entendía lo que me decía. Hablaba de cosas que sonaban muy complejas, y muchas veces me pregunté si se inventaba temas, sólo para seguir hablando, pero aún así me sentaba junto a él, a mirar sus labios y oír su voz. Si él apuntaba a la luna, yo le miraba el dedo. Cada palabra me ponía más tonto.

Y la estupidez me seguía a todos lados.

Yo necesitaba alguien a quién mirar, y él necesitaba alguien a quién dar una cátedra. A veces se molestaba cuando se daba cuenta de que no le prestaba atención; me hacía sentir mal porque entonces era verdad eso de que nada de lo que decía importaba. Porque entonces todos tenían razón, y él era estúpido porque sí, y yo era estúpido por escucharlo.

Aun así, él era lo único que me emocionaba. Se lo dije, y se calló. No dijo nada más ese día. Nunca más me habló.